La justicia y el pueblo denuncian y condenan a los gobernantes antidemocráticos

¿Qué quiere Dios con el poder político, por ejemplo, 

en un país? Quiere que esas fuerzas unan moralmente, por una 

ley sana, las voluntades de todos los ciudadanos al bien común; 

pero Dios no quiere que se use el poder para atropellar, para 

golpear hombres, para golpear ciudades, pueblos. Eso es perversión. 

(Monseñor Oscar Romero, homilía del 21 de agosto de 1977).

El pasado 6 de enero se desarrolló lo que algunos analistas calificaron como insurrección o asalto al Capitolio en Washington, Estados Unidos. Una acción perpetrada por la supremacía blanca e incitada y liderada por el presidente Donald Trump, que buscaba desestabilizar la institucionalidad y el orden democrático. Una acción que nos remite a prácticas de gobernantes populistas que se instalan en América Latina desde hace unas décadas, y El Salvador no es la excepción.

Para algunas personas es un hecho aberrante comparar a Trump con Bukele, pero comparten  muchas acciones que los ubica en el plano fascista y antidemocrático. Sus  actos de matonería y espectáculo los difunden a través de su arma favorita: sus cuentas de twitter. Ambos gobernantes, a golpe de tuits han destituido a funcionarios públicos, atacan a las demás instituciones democráticas a quienes denominan traidores a la patria, lanzan críticas a la prensa y animan a sus seguidores a tomarse las instituciones como el Capitolio y, en nuestro caso, la Asamblea Legislativa.

Trump y Bukele no solo comparten su estrategia mediática de gobernar y la incitación a una “insurrección” o acciones desestabilizadoras de la democracia sino que, lo más grave, es que son los principales culpables del sectarismo, la polarización extrema  y la crispación de los ciudadanos que propician un ambiente de confrontación y violencia en la sociedad.

En este contexto, la pandemia  por Covid-19 no para, y ahora se anuncian nuevos rebrotes del virus. Los salvadoreños y salvadoreñas  no contamos con información actualizada y fidedigna de los casos registrados en el país y del manejo de la enfermedad, solo contamos con especulaciones sobre un rebrote y la saturación en la red de salud pública.

De lo que sí nos enteramos es de los gastos desorbitantes para la construcción de módulos o cabinas especiales para la vacuna contra el virus, según el ministro de hacienda, Alejandro Zelaya, se construirán 156 cabinas por un gasto de 5 millones de dólares.  Se invertirán millones antes de tener la vacuna en nuestro país, mientras que se cuenta con más de 700 Unidades de Salud y un poco más de 500 ECOS familiares, con personal y amplia experiencia en vacunación para resolver dicho problema. Entonces surge la pregunta, ¿para qué gastar tanto dinero en infraestructura que no justifica su construcción?

Mientras tanto seguimos esperando la inauguración del Hospital El Salvador que después de varios meses aún no se tienen noticias de su funcionalidad. Como Generación Romero denunciamos y condenamos las injusticias sociales por las cuales atraviesa nuestro pueblo, como nos enseñaba nuestro Santo y mártir, Monseñor Romero: “Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado”.

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