El amor en el camino del dolor (Jn 12,1)

Por: René Arturo Flores OFM, fraile franciscano, miembro de comisiones de justicia y paz, JPIC-El Salvador, y Generación Romero, vive en Soyapango.

“Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa” Jn 12,1.

Cuando las autoridades religiosas judías (el poder religioso) decidieron asesinar a Jesús (Jn 11,53), él ya intuía que se acercaba esa hora, no por ser adivino, sino, porque ésta persecución (Mt 5,9) estuvo desde los inicios del anuncio del reino (Mc 3,6; Lc 4,28-30), y se mantuvo en todo su caminar (Mc 8,31-33). Encontramos que en muchos momentos buscaron como secuestrarlo (Jn 11,57), y asesinarlo (Jn 8,59).

En este contexto de persecución decide, ir a comer con los que amaba, donde su corazón descansaba, allí donde se encuentra la ternura con la humilde verdad compartida, donde Jesús, se siente amado, acogido y aceptado en su persona, junto con la propuesta del Reino (Jn 12,1).

En la vida pública de Jesús, mucho de su tiempo, lo pasó en banquetes y fiestas, para él eran importantes los encuentros, y en las comidas entraba a la intimidad del otro, en diálogos sinceros y transformadores (Lc 19,1); tanto pasaba en comidas, que lo tildaban de ser borracho y que pasaba en “antros” con personajes de dudosa reputación o conocidos públicamente como “pecadores” (Mt 11,18-19; prostitutas, mafiosos, ladrones, traficantes, comerciantes).

Jesús buscó tomar fuerzas en su corazón, antes de continuar su camino hacia Jerusalén (donde se juntaba el poder religioso, político y económico), buscó a los que amaba, quiso tener allí un tiempo de tranquilidad. El conflicto y sufrimiento que viviría Jesús, era inminente, no quería evitarlo ni huir, pues sabía que era consecuencia, por su forma de vivir, con sus opciones, sus prácticas y palabras liberadoras, por el mismo modo de cómo se relacionaba con Dios Padre.

Con Lázaro, Marta y María, solo buscó lo más vital: el amor habitado. Estos días lo que mueve nuestro corazón, es la preocupación de los que amamos, de los que me significan en la vida; al mismo tiempo, sentimos compartir el sufrimiento con los que están enfermos, y nos duele las muertes: este sentir, nos hace plenamente humano, por tanto, plenamente hijos de Dios.

René Arturo Flores, OFM

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