Ayy, ayy, Corona

Por: Roberto Romero, poeta, agroecólogo, miembro de la comunidad “El Matazano”, al sur de Santa Tecla y asociado de la Asociación de comunidades de base “Mons. Oscar Arnulfo Romero” (ACOBAOMR).

Traigo una pena profunda al ver mi pueblo sufrir; siempre supe de cuaresma, más no de encuarentenar. La represión de los años setenta que desencadenó el conflicto armado, hizo estragos; se perdió vida, las personas, un arzobispo, pastores, pero era una lucha de la sociedad en si por la búsqueda de un bien común donde el dolor de la familia expulsada de su casa, de sus pequeñas cosas, golpeada y lamentando sus muertos se recomponía con alguna ayuda organizada interna y externa.

El cólera mortal de principios del siglo veinte causó tantos muertos entre la gente humilde que se acumularon los casos, y sucedió la terrible peste cuando la madre tierra bañaba con la bendición de su invierno, así que mientras la familia se esperanzaba con la siembra, alguien de los suyos  o su vecino moría con sus intestinos retorcidos, y cierta vez durante un entierro pusieron al difunto a orillas  del frío sepulcro, envuelto en una colcha remendada sobre un tapexco de bambú (cacaste). Decía la abuela que contaba la fatídica historia, se desató la bendición del cielo y entre vientos y truenos; se levantó el supuesto difunto expresando  “que pasó, que pasó, por poco me voy a ese hoyo”  de modo que se llegó a suponer que a más de alguno habían enterrado sin estar muerto y hasta hubo quien pensara que el agua lluvia había curado a quien se libró de la tumba.

Lo de ahora es una lucha no de dos valientes y aguerridos capitanes sino de malévolos, globalizados y muy venenosos capitales, que ha de llevar implícitos el objetivo de diezmar la población mundial.

Ayer en el bus del pueblo no cupo una madre con su cría en brazos, pues la orden es llevar una persona por asiento, entonces la mujer cargada de amor y de dolor con su hijo tuvo que caminar bajo el calor de marzo los seis mil metros que separan el campo de la gran urbe.

Más tarde, un agente de la autoridad reprendía a una mujer humilde que no tuvo conciencia de usar protección, tampoco tuvo dinero para comprarse tal cosa en la farmacia, luego el mismo sujeto saludaba muy tranquilo al pasar cerca de dos hombres de ropa muy fina que corrían halando un par de perros caros y que además tampoco iban protegidos.

Cuanto dolor, cuanta contradicción, vi un hombre en el mercado que no alcanzó a comprar sus verduras con billete de dólar de número diez, pero otro que hizo cola durante seis horas en el banco para cobrar el subsidio del gobierno, cuando por fin tuvo el dinero corrió primero a comprar saldo para su celular.

Muere mi pueblo de angustia,

de pánico y de dolor;

lo que le duele es el alma,

como pétalos sin flor.

 

Desechas sus hojas mustias

tiene pena de vivir;

ayer cerraron la empresa,

no voy a sobrevivir.

 

La pandemia no me mata,

pero si la cuarentena;

me están cobrando la escuela,

y no tenemos la cena.

 

Yo no puedo imaginarme

como sufre la María,

y como le duela a Chepe

el ver morir a su abuelo,

sin cristiana sepultura,

y no poderlo velar.

Ha habido tantas cosas que nos alejan de Dios:

Este siglo de las luces, industrias globalizantes, alta tecnología,

que casi a todos nos ha hecho insensiblemente plásticos,

duros para con la vida, vemos con desprecio el agua, animales,

árboles, luces, siendo así malos hijos de una madre padre tierra

que nos ama; sintiéndose amenazada de muerte por su propia prole.

El Matazano, 07 de abril de 2020

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