Esperanza en la transformación social. Carta Magna de Generación Romero

  1. UN MOVIMIENTO AL SERVICIO DEL PUEBLO SALVADOREÑO
  2. LA MISIÓN DEL MOVIMIENTO ROMERIANO
    • Encarnar en el mundo real del pueblo pobre
    • Ser esperanza
    • Defender nuestra vida
    • El proceso continuo de liberación
  3. SAN ROMERO NOS CONDUCE DE NUEVO A LA ESPERANZA
  4. LAS ACCIONES QUE NOS EXIGE EL PRESENTE
    • Organización
    • Movilización
    • Intervención pública
    • Formación
    • Relevo juvenil e intergeneracionalidad
    • Superación del dominio digital

 

  1. UN MOVIMIENTO AL SERVICIO DEL PUEBLO SALVADOREÑO

La fe cristiana y la acción de la iglesia del pueblo conllevan siempre repercusiones políticas y sociales. La pregunta crítica es la siguiente: ¿cómo debe ser la relación con el mundo social y político para que se realice según la fe y según las enseñanzas de Jesús de Nazaret?

Hacernos esta pregunta en El Salvador, en el año 2019, significa reconocer en primera instancia la lucha histórica de este pueblo por su liberación y por la transformación de raíz de una realidad social y económica profundamente  injusta hacia una realidad equitativa, incluyente, con pleno bienestar comunitario y distribución justa de la riqueza.

En esta lucha histórica se ha expresado con gran fuerza la misión principal de la iglesia de Cristo: servir al pueblo para liberarlo, para salvarlo en su totalidad, pero no con una idea de salvación etérea, sino con una idea de salvación asentada en la realidad, aquí y ahora.

La iglesia de Cristo, la iglesia del pueblo, se solidariza con las esperanzas y los gozos, con las angustias y las tristezas de la gente. La tradición martirial de la iglesia popular salvadoreña es el testimonio más vivo y más liberador de esa solidaridad cristiana. Monseñor Óscar Arnulfo Romero es el pastor mártir que expresa en toda su amplitud el compromiso y la solidaridad cristianas hacia un pueblo que ha sufrido históricamente el pecado estructural: la injusticia social y la violencia.

En otras palabras, pues, un movimiento social de inspiración romeriana en El Salvador debe recoger la lucha histórica del pueblo salvadoreño, la solidaridad y el compromiso con la liberación y la transformación social. Este movimiento tiene como tarea esencial ponerse al servicio del pueblo para cambiar radicalmente su realidad, para levantar a los más vulnerados, a los más oprimidos, para salvar todo aquello que estaba perdido.

Esta es la dimensión política de la fe que Monseñor Romero evoca magistralmente en su discurso de Lovaina. Este es el compromiso social de la iglesia al que nos orienta San Romero para servir a la gente de carne y hueso, con sus sueños y sus preocupaciones. Esta es la tarea de reconstruir la esperanza.

 

 

 

  1. LA MISIÓN DEL MOVIMIENTO ROMERISTA

 

  • Encarnar en el mundo real del pueblo

La iglesia del pueblo es un modo de organización social desde las comunidades. Es la gente misma quien da vida a estas maneras de convivir en comunidad, cooperar entre familias, celebrar la vida y vivir la fe. Este modo de organización lo hemos comprendido y aprendido en el ejemplo y las enseñanzas del Jesús histórico, nuestro Cristo vivo que recorrió junto con su gente los desiertos y los valles, los campos y las ciudades.

Este andar de Jesús por el mundo se encuentra profundamente arraigado en el pueblo, en la vivencia de las alegrías, las preocupaciones, los sueños, las fortalezas, las debilidades y las dificultades que viven día a día las mayorías populares.

Si seguimos los pasos del Cristo encarnado en el pueblo, hallaremos las realidades que enfrentamos las salvadoreñas y los salvadoreños de hoy: familias sin vivienda y sin trabajo estable; comunidades sin agua, sin salud y ni educación suficiente y de calidad, despojadas de su patrimonio cultural y natural; municipios amenazados permanentemente por la violencia y la muerte.

El ejemplo de Jesús nos exige entonces hacernos cargo de estas realidades. Nos exige encarnarnos en el mundo, es decir, sentir y comprender el mundo desde la vivencia de la gran mayoría del pueblo que vive una realidad de exclusión, marginalidad, opresión de diferente índole. Nos exige hermanarnos, organizarnos para afrontar estas realidades e impulsar las transformaciones sociales que nos permitan alcanzar una vida digna.

La iglesia no es una organización política, pero su esencia cristiana y su raíz en el corazón de las comunidades implica una vocación absoluta de servicio al pueblo y sus esfuerzos de liberación.

 

  • Ser esperanza

La mayor esperanza del pueblo es su propia organización y movilización. Las comunidades de fe estamos llamadas a ser parte de esa esperanza. Estamos llamados encender el espíritu de unidad, lucha y liberación del pueblo mediante el conocimiento profundo de su realidad y mediante la vivencia de una fe que mueve a la transformación.

Ahora que las organizaciones y las formas de lucha que un día dieron esperanza al pueblo durante más de tres décadas han entrado en crisis y se han agotado, cuando sus dirigencias se han corrompido o han perdido el lazo con la gente, cuando parece que no hay dónde aportar para continuar la lucha por la liberación, una iglesia verdaderamente popular es más importante que nunca. La organización comunitaria debe volver a encender la esperanza.

Generación Romero como movimiento social romeriano está llamado a ser esperanza. Está llamado a mantener vivos el pensamiento profético y la acción cristiana que profesó y practicó San Romero.

 

  • Defender unidos nuestra vida

¿A qué nos referimos cuando decimos que la iglesia popular debe encarnarse en el mundo real? En su discurso La dimensión política de la fe desde la opción por los pobres, pronunciado en Lovaina, Bélgica, Monseñor Romero nos dice: “Nuestro mundo salvadoreño no es una abstracción, no es un caso más de lo que se entiente por ‘mundo’ en países desarrollados como el de ustedes [Bélgica]. Es un mundo que en su inmensa mayoría está formado por hombres y mujeres pobres y oprimidos. Y ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial”.

La caracterización que hace Monseñor Romero del mundo que vivimos como sociedad salvadoreña tiene gran actualidad. Tristemente seguimos viviendo en un mundo injusto y violento. Además estamos en un momento de crisis política, sin posibilidad de sentirnos representados, sin espacios para alzar nuestra voz.

En su carta pastoral La iglesia y las organizaciones políticas y populares, Monseñor Romero explica: “Al pueblo lo está desuniendo precisamente aquello que la une más profundamente: la misma pobreza, la misma necesidad de sobrevivir, de poder dar algo a sus hijos, de poder llevar pan, educación, salud a sus hogares”.

La pobreza y la injusticia son consecuencias de un sistema de acumulación de grandes riquezas en pocas manos, un sistema que saquea la naturaleza y no respeta la cultura y la vida de las comunidades y los sujetos en situación de vulnerabilidad. Es un sistema de muerte y destrucción.

“Dios no es Dios de muerte ni de enfrentamientos fraticidas. Nos hizo de naturaleza social no para destruirnos en organizaciones antagónicas, sino para que complementáramos nuestras limitaciones con la fuerza de todos en el amor”, continúa Monseñor Romero.

De manera que la organización y la unidad del pueblo inspirados en el Cristo vivo sirven ante todo para defender la propia vida, para luchar por cambiar las realidades injustas que vivimos en el mundo. La organización es un derecho humano que ha sido reivindicado por la iglesia en diferentes momentos. Mención especial merece el Concilio Vaticano II, que reitera la libre asociación como derecho fundamental. Organizarnos, unirnos en torno a las enseñanzas de Cristo, conlleva, pues, la responsabilidad de defender el don más sagrado que se ha otorgado: la vida.

 

  • El proceso continuo de liberación

En el espítiru que marca el documento de Puebla, San Romero resumió los aportes de la iglesia salvadoreña al proceso liberación de nuestro pueblo como proceso en construcción: construir una iglesia con el rostro de comunidad, una evangelización integral, una sólida orientación doctrinal, denuncia profética del pecado, desenmascaramiento de las idolatrías de la sociedad, promover la liberación integral, urgir cambios estructurales profundos, acompañar al pueblo en su clase popular y en su sector dirigente.

 

La historia de la liberación salvadoreña, como proceso colectivo en construcción, cuenta con una multitud de expresiones y experiencias que nos sirven como referentes históricos para vislumbrar el camino por recorrer:

  • La experiencia de pastoral de conjunto promovida por el equipo alrededor del P. Rutilio Grande en Aguilares a partir del año 1972 con su apuesta a la organización del campesinado y de trabajadores del campo.
  • La tradición de las fiestas de maíz como práctica de convivencia, significación de la cultura e identidad campesina y reivindicación de tradiciones ancestrales.
  • La experiencia de las comunidades eclesiales de base como experiencia del renacer de una nueva forma de iglesia-en-comunidad y desde las y los más pobres.
  • La expresión y composición de canto popular e improvisación de rap juvenil como herramientas populares que inspiran procesos de concientización, fe-mística y organización comunitaria.
  • Las luchas de comunidades en defensa del servicio público (en contra de privatizaciones) y de bienes naturales como el agua, los bosques, las playas (en contra de megaproyectos de muerte como la minería, la agroindustria, obra de infraestructura y residenciales).
  • Décadas ininterrumpidas de luchas de mujeres para ser reconocidas como sujetos en igualdad de derechos y en contra de estructuras patriarcales que prevalecen en nuestra sociedad.
  • La creciente visibilización de personas con identidades no-binarias y sus exigencias hacia una moral sexual de responsabilidad y de diversidad sexual.

Para que este proceso de liberación continúe y pueda culminar en la transformación de las realidades históricas que han oprimido y empobrecido a los sectores populares, un movimiento social romeriano está obligado a vislumbrar los sujetos actuales de opresión-liberación y a desarrollar metodologías y estrategias para continuar ese legado de lucha por la liberación.

 

  1. SAN ROMERO NOS CONDUCE DE NUEVO A LA ESPERANZA

 

Ante la crisis permanente del mundo real que vivimos y ante la necesidad imperiosa de transformar las sociedades para vivir dignamente, Mons. Romero nos conduce de nuevo a la esperanza mediante su 1) ejemplo martirial, 2) su obra profética y 3) su labor pastoral. La inspiración romeriana pasa por comprender esos tres elementos a partir de la palabra misma de Mons. Romero, contenida en las fuentes primarias que nos legó y que lo mantienen vivo entre nosotros.

¿Cómo es que Mons. Romero nos vuelve a encender los ánimos y la esperanza?, ¿en qué radica el carácter esperanzador de su pensamiento y acción? – Radica en su entrega y consecuencia ejemplares, radica en la identidad total entre discurso y acción, pero además radica en que Mons. Romero es un santo que nos presenta un Cristo liberador, un Jesús que recorre los caminos y salva a los marginados y a los más pobres. En este sentido, Mons. Romero nos revela una dimensión política de la fe cristiana, porque se ocupa de los problemas de la comunidad y el mundo en el que vive, como hemos argumentado con anterioridad.

En su carta pastoral Misión de la iglesia en medio de la crisis del país, Mons. Romero afirma lo siguiente: “Jamás olvida la Iglesia que su misión no es de orden político, social o económico, sino de orden religioso; pero tampoco puede olvidar que ‘precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que puedan servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina’”.

Esa ley divina de la que habla San Romero está organizada por principios, que él mismo San Romero defendió, practicó y reivindicó. Esos principios romerianos pueden enunciarse y desarrollarse según los siguientes cinco aspectos:

  • Solidaridad y justicia social
  • Igualdad e inclusión
  • Pluralismo, diálogo y libertad
  • Memoria y dignificación de las víctimas
  • Defensa de nuestra casa común

 

  1. LAS ACCIONES QUE NOS EXIGE EL PRESENTE

 

El modo de ser de Monseñor Romero fue evangelio puro, y nosotros somos una generación que está dispuesta a darle continuidad. Sobre la base de tales principios ordenadores nos comprometemos a las siguientes acciones:

 

  • Organización

La primera acción urgente e importante es consolidar la organización de la gente en torno a objetivos comunes de transformación social. Debemos comenzar por fortalecer los espacios históricamente conquistados, gracias a la sangre de tantos hermanos y hermanas que dieron su vida por la democracia y la paz, gracias a la perseverancia del movimiento social y de las organizaciones sociales que han luchado por mantener vivo el pensamiento y al acción de la iglesia popular que sigue el ejemplo pastoral de Monseñor Romero.

Nos dice San Romero en su carta pastoral La iglesia y las organizaciones políticas y populares: “Medellín dejó claro definitivamente para la situación concreta de América Latina que es ‘tarea eminentemente cristiana’ y, por tanto, ‘línea pastoral’ del Episcopado Latinoamericano ‘alentar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base, por la reivindicación y consolidación de sus derechos y por la búsqueda de una verdadera justicia’”.

 

  • Formación integral

“Sin apartarse de su propia identidad, al contrario, siendo ella misma, la iglesia ofrece al país el servicio de acompañarlos y orientarlos en sus anhelos de ser un pueblo libre y liberador. Para esto ella debe realizar el mandato de Jesús: ser luz, sal, fermento de la sociedad, encarnándose, cada vez más, en la propia historia del pueblo, en sus angustias y esperanzas.” Este camino nos señala San Romero en su carta pastoral Misión de la iglesia en medio de la crisis del país.

Un pueblo libre es un pueblo formado. La manera más integral y más liberadora de ser luz, de ser fermento y de encarnarse en el pueblo es conocer su realidad y contribuir a comprenderla y transformarla por medio de la tradición profética, la vida de Jesús de Nazaret, la memoria martirial de todos los tiempos y de los saberes que nos permiten analizar la sociedad (sociología, historia, antropología, economía, artes, entre otros). Por tanto, la formación integral para transformar el país es una de las acciones que nos exige la realidad y el compromiso romeriano.

 

  • Movilización

La movilización social es otro factor importante en este nuevo momento de luchas. La organización sólida permite crecer en convocatoria, en movilización y en resultados. No hay nada más poderoso y más eficaz que la movilización activa y concientizada de las mayorías del pueblo. Esta tiene como base una articulación orgánica entre una diversidad de actores sociales que se mueven por causas intrínsecas y objetivos comunes, superando el divisionismo y la herencia asistencialista, promovido por diferentes actores partidarios, gubernamentales y no-gubernamentales.

 

  • Intervención pública

La capacidad de intervención, de denuncia y de expresión popular deben fortalecerse para que el movimiento social esté al servicio del pueblo. Esta capacidad de intervención debe estar además adecuada a los tiempos que vivimos. La comunicación digital y el uso audaz de tecnologías es indispensable. Es indispensable reactivar la fuerte y profunda consigna de San Romero: ser la voz de los sin voz.

 

  • Relevo juvenil e intergeneracionalidad

Para que tal movimiento romerista recobra su fuerza utópica es central tomar una opción por las nuevas generaciones, como fuerza creativa, crítica y motores de cambio. Decía Mons. Romero en su homilía del 24 de septiembre de 1978 que “no hay que mirar las profesiones únicamente como medios para ganar dinero e instalarse política o socialmente. Hay que buscar, como están haciendo ahora los jóvenes, el servicio a la humanidad, el mejor rendimiento de mi vida no para ganar, sino para servir”. Para lograr que las juventudes desarrollen su potencial profético, es necesario fomentar espacios desde y para las y los jóvenes, en los que ellos sean protagonistas de sus propias iniciativas, propuestas y procesos y vincularlas con la memoria histórica y el testimonio y la experiencia popular de personas mayores, inspiradas en el profetismo de Mons. Romero.

 

  • Superación del dominio digital

Y finalmente es clave centrarnos en una cuestión metodológica para enfrentar la alienación virtual en la llamada 4ª revolución (o revolución digital). Proponemos desarrollar y practicar unas metodologías descentralizadoras, desde las bases y “en salida” hacia las periferias para fortalecer la construcción/articulación de los nuevos sujetos sociales (juventudes, expresiones artísticas y de espiritualidades, diversidad sexual, feminismo, nuevas masculinidades, entre otras), la construcción de iniciativas y procesos locales y tender puentes entre ellas para ir tejiendo redes de solidaridad en medio de una cultura digitalizada y de esta forma recobrar una percepción de realidad sensible a quienes más sufren las consecuencias de un sistema injusto y de descarte.

 

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