El coronavirus

Llega el conocido “coronavirus”, y se preguntaba un ciudadano, un tanto desesperanzado, ¿qué va sumar a la historia de muerte en nuestra población salvadoreña?
Los flagelos en El Salvador, como pueblo, tienen historia; veamos apenas, desde el etnocidio realizado por el ejército al mando del general Maximiliano Hernández Martínez en 1932, donde se asesinó a más de 30 mil indígenas-campesinos, considerados “comunistas”, por reaccionar como ciudadanos por lo que hoy reconocemos como Derechos Humanos. Este genocidio quedó en la impunidad histórica, el general Maximiliano gobernó el país de 1935 a 1944.
A partir de los 60, hemos vivido una serie de injusticias, represiones y asesinatos generados por la clase dominante del país. En cuanto a la tierra y riquezas naturales, hemos sido despojados como pueblo salvadoreño, por esta clase poderosa que ha gobernado de facto, en una alianza entre el capital y las armas, muchas veces bendecida por la jerarquía de la iglesia católica. Los últimos 40 años, este grupo de poder político, junto con nuevos grupos de políticos, han gobernado por medio del voto, dejando una huella de empobrecimiento y despojo en las grandes mayorías.
Después de los acuerdos de paz, 1992, que marcaron un hito en nuestra historia como salvadoreños, se tendría que haber iniciado un proceso de sanación, verdad y justicia de pos-guerra, lo cual no sucedió. Primero porque no se pudo, ni hasta ahora, elaborar una ley de “reconciliación” que favoreciera a las víctimas, y no amnistía absoluta que generó impunidad en el país; una ley que partiera de los principios de: la verdad, justicia, reparación y seguridad que no volverán a suceder esos hechos atroces. La ley propuesta recientemente por los diputados, tiene veto presidencial, y rechazo por las organizaciones civiles que defienden a las víctimas, por ser nuevamente una ley que protege a los victimarios. En este proceso de pos-guerra, lo que sí sucedió, es que las mismas armas que fueron ocupadas oficialmente en la guerra civil de los 80, pasaran a ser utilizadas por el crimen organizado, hasta la actualidad.
Hemos tenido muchas situaciones donde la Madre Tierra, unida al cambio climático, nos han pasado la factura, convirtiéndose en desastres y tragedias, esto, por no tener una verdadera gestión de riesgo y políticas que nos preparen de mejor manera.
Somos un país donde las políticas neoliberales, y que reforzó el gobierno de la cúpula del FMLN, han debilitado un Estado protector de la ciudadanía, o un Estado que prioriza lo social, antes que el libre mercado y la acumulación de riqueza en manos de pocos. Por tanto, las estructuras de salud, educación, bienestar social, soberanía alimentaria, sistema de pensiones y vivienda, entre otras, están deterioradas, y han quedado en manos de la privatización: como estamos, recientemente, en la lucha por una ley general de agua, sin que se privatice la administración ni el uso de este bien COMÚN.
Somos un país en situación de “estrés hídrico”, en donde todo lo relacionado con el agua superficial y subterránea, se ha diezmado por la explotación que hacen las empresas de monocultivos, proyectos urbanistas, las aguas gaseosas, unido a las concesiones que hace el Estado, de los mantos acuíferos y del territorio, a los grupos de poder económico; junto con la contaminación por las aguas grises sin tratamiento, y los agroquímicos, y la cantidad de plástico. Somos aguas dependientes de otros países, y eso nos hace más vulnerables.
La población salvadoreña, sigue en su “vía crucis”, casi mil muertes por insuficiencia renal del 2015 al 2017, y sigue esta situación en el oriente del país. La desnutrición de niños y niñas, anda en los departamentos más severo en 16% de la población infantil (2017). La tasa de homicidios del 2019, fue de 36 por 100 mil personas, y el 2018, fue de 51 personas por 100 mil. En el 2019, fueron más de 2 mil homicidios en el país. Y los femicidios, fueron 120 en el 2019, y 169 en el 2018; sumado que en el 2018 la policía registró 3,916 casos de violencia contra la mujer. Un dato conservador de migrantes salvadoreños, de manera irregular a los EEUU, es de 40,815, sabiendo que son años de migración irregular, y al mismo tiempo una gran cantidad de deportados que vuelven desesperanzados al país; en los últimos años se considera que es migración forzada a lo interno y hacia fuera del país. Todo esto unido a cifras fuertes de un 29% de la población entre pobres, muy pobres y extremadamente pobres.
En estos días de marzo, estamos entrando en cuarentena nacional por el ingreso de personas infectadas al territorio, con el COVID-19 (Coronavirus), que se ha declarado pandemia. Este virus, que comenzó en el primer mundo, que inició en los lugares de mayor riqueza acumulada, los ejemplos de la globalización; un virus, que se ha movido por avión, es decir, que es respuesta a las comunicaciones internacionales que se han creado con la globalización económica, todo esto, alimentado por la gran población que vive en las ciudades, por esta migración de lo rural a lo urbano. En este contexto mundial, tenemos que tener en cuenta, la situación planetaria del “cambio climático”, que, con el calentamiento global, se ha trastocado la biodiversidad con sus ecosistemas. Incluso, los animales se han acercado a las ciudades, porque han sido invadido el bosque y los acuíferos.
Aquí estamos, nuevamente, en otra situación de peligro de la vida de los y las salvadoreñas, que sumado a toda la historia de violencia, despojo, enfermedades y muerte que hemos vivido, este virus es una afectación más, que pone al descubierto, la baja calidad de la vida en este pueblo salvadoreño.
Como hombres y mujeres seguidoras de Jesús, retomamos nuestro caminar con la luz que ilumina las tinieblas, con la humildad de ser aprendices con otros, de ser constructores de paz, que levantan la bandera de la esperanza, caminando con la misma pasión liberadora, transformadora y gratuita que nos impulsa el reino de Dios. Con el mismo Espíritu que renueva y recrea el presente, haciendo que de lo viejo surja algo nuevo.

René Arturo Flores, OFM, miembro de Generación Romero

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